Apolo y Dafne: el mito griego de la persecución y la transformación

El mito de Apolo y Dafne es una de las historias de amor más trágicas y más artísticamente fecundas de la mitología grecorromana. Narrado con detalle por el poeta romano Ovidio en el primer libro de sus Metamorfosis, narra cómo el dios Apolo, engreído por haber matado a la serpiente Pitón, se burló del pequeño Eros por llevar arco y flechas siendo tan joven. La venganza del dios del amor fue rápida y devastadora: disparó a Apolo una flecha de oro que infundía amor irresistible, y a la ninfa Dafne, hija del río Peneo, una flecha de plomo que generaba repulsión hacia el amor.
La consecuencia fue una persecución que recorre el primer libro de las Metamorfosis con una urgencia cinematográfica. Apolo, consumido por una pasión que no podía controlar, perseguía a Dafne sin descanso. La ninfa, que había pedido a su padre vivir siempre virgen como la diosa Ártemis, huía desesperadamente. El momento cumbre del mito llega cuando Apolo está a punto de alcanzarla: Dafne implora a su padre que la transforme para escapar de la persecución, y el río Peneo cumple su deseo convirtiéndola en un árbol de laurel en el mismo instante en que Apolo la alcanza.
La transformación no apaga el amor de Apolo sino que lo convierte en devoción. Abrazando el árbol, Apolo declara que ya que Dafne no puede ser su esposa, el laurel será su árbol sagrado para siempre, y que sus ramas coronarán a los vencedores y a los poetas. Esta es la explicación mitológica del origen de la corona de laurel, que en el mundo grecorromano se entregaba a los vencedores de los juegos, a los generales triunfantes y a los poetas laureados, expresión que conservamos en el lenguaje actual.
El mito ha generado algunas de las obras de arte más importantes de la historia occidental. La escultura de Bernini Apolo y Dafne, realizada entre 1622 y 1625 y conservada en la Galería Borghese de Roma, es considerada una de las obras maestras absolutas de la escultura barroca y quizás la representación más perfecta del instante de transformación: en mármol blanco de una blancura casi irreal, Bernini capturó el preciso momento en que los dedos de los pies de Dafne empiezan a convertirse en raíces y sus brazos en ramas, mientras Apolo la alcanza y su expresión mezcla el triunfo con la perplejidad ante la metamorfosis.
