Los obeliscos egipcios: significado, construcción y por qué están por todo el mundo

Los obeliscos son uno de los monumentos más característicos del antiguo Egipto y, paradójicamente, uno de los que menos quedan en el propio Egipto. De los treinta y un obeliscos egipcios de la antigüedad que se conservan en pie en el mundo, solo ocho permanecen en suelo egipcio. Los veintitrés restantes se encuentran repartidos por Roma, que con trece obeliscos es la ciudad con más obeliscos egipcios del mundo, París, Londres, Estambul, Nueva York y otras cis europeas y americanas.
En el antiguo Egipto, los obeliscos eran monumentos religiosos con un significado profundamente ligado al culto solar. Su nombre egipcio era tejen, y representaban el rayo de sol petrificado, el primer rayo de luz que Atum, el dios solar primordial, proyectó sobre la piedra benben en el momento de la creación del mundo. Se colocaban generalmente en parejas a la entrada de los templos, especialmente los dedicados al dios Ra-Horakhty en Heliópolis, el gran centro del culto solar del Antiguo Egipto. Sus cuatro caras estaban cubiertas de jeroglíficos que relataban los nombres y títulos del faraón que los mandaba erigir y sus hazañas militares y religiosas.
La construcción de un obelisco era una proeza de ingeniería que todavía genera debate entre los investigadores. Estaban tallados en granito rosa procedente de las canteras de Asuán, en el Alto Egipto, y algunos alcanzaban alturas de más de treinta metros con un peso superior a las cuatrocientas toneladas. El mayor obelisco jamás construido, conocido como el Obelisco Inacabado de Asuán, sigue parcialmente unido a la roca madre de la cantera: fue abandonado cuando los artesanos descubrieron grietas en el granito. Habría medido casi cuarenta y dos metros y pesado unas 1.200 toneladas.
La fiebre de los obeliscos comenzó con los emperadores romanos, que los veían como símbolo del poder y la antigüedad del Imperio Egipcio que habían conquistado. Augusto transportó a Roma dos obeliscos de Heliópolis tras la conquista de Egipto en el 30 a.C. Calígula trasladó el gran obelisco del circo de Alejandría, que hoy preside la Plaza de San Pedro del Vaticano. En el siglo XIX, la moda de los obeliscos se extendió a las potencias coloniales europeas: Francia recibió el obelisco de Luxor que hoy ocupa el centro de la Plaza de la Concordia de París, y Gran Bretaña y Estados Unidos recibieron los dos llamados Agujas de Cleopatra, que hoy se encuentran en el Embankment de Londres y en Central Park de Nueva York respectivamente.
