Balduino IV: el rey leproso de Jerusalén que derrotó a Saladino

En la historia de la Edad Media hay pocas figuras tan trágicas y al mismo tiempo tan heroicas como Balduino IV de Jerusalén. Coronado rey del frágil reino cruzado de Tierra Santa en 1174, cuando apenas tenía trece años, gobernó durante once años con una inteligencia política y un valor militar que asombraron a sus contemporáneos, incluyendo a sus propios enemigos. Todo ello mientras la lepra, diagnosticada cuando aún era un niño, iba devorando su cuerpo de forma inexorable.
La enfermedad fue descubierta por su tutor, el historiador Guillermo de Tiro, quien notó que el joven príncipe no sentía dolor cuando sus compañeros de juegos le apretaban el brazo. Esta insensibilidad, característica de la lepra lepromatosa, fue confirmada por los médicos de la corte. En aquella época, la lepra era una enfermedad incurable y estigmatizante que en muchos lugares de Europa obligaba a sus víctimas al ostracismo social. En el caso de Balduino, sin embargo, ni la Iglesia ni los nobles del reino pusieron en cuestión su derecho a reinar.
Su momento de gloria militar llegó en noviembre de 1177, en la batalla de Montgisard. El ejército de Saladino, el sultán aiubí que controlaba Egipto y Siria y que se había propuesto reunificar el mundo islámico y reconquistar Jerusalén, había penetrado en profundidad en el territorio cruzado con un ejército muy superior en número. Balduino, con tan solo dieciséis años y ya con las manos afectadas por la lepra, reunió un contingente de apenas tres mil soldados, incluyendo la élite militar de los Templarios, y atacó al ejército de Saladino por sorpresa en las llanuras cerca de Ascalón. El resultado fue una derrota aplastante del ejército de Saladino, que se vio obligado a retirarse con pérdidas enormes.
Los últimos años de Balduino fueron un calvario físico. La lepra avanzó hasta privarle de la vista y del uso de las manos y los pies. Gobernó desde una litera, dictando órdenes que sus manos ya no podían firmar. Consciente de que no tendría descendencia y de que su enfermedad le impediría seguir gobernando, intentó desesperadamente asegurar la sucesión del reino, maniobrando en el complejo tablero de alianzas y rivalidades de la corte cruzada de Jerusalén. Murió en la primavera de 1185, con apenas veinticuatro años, habiendo defendido durante once años un reino condenado. Apenas dos años después de su muerte, Saladino tomaría Jerusalén en la batalla de Hattin.
