Por qué Hitler adoptó el título de Führer y lo que significaba

La palabra alemana Führer significa simplemente guía o líder en su acepción más literal. En el alemán cotidiano se usaba y se sigue usando sin connotaciones políticas para designar a cualquier tipo de conductor o dirigente. La carga histórica que le dio el nazismo convirtió la palabra en un tabú que los alemanes evitan hasta hoy en cualquier contexto de liderazgo.
El uso de Führer en sentido político tiene antecedentes en el movimiento völkisch, el nacionalismo étnico alemán de finales del siglo XIX. En estos círculos, el concepto de Führerprinzip establecía que la autoridad debía fluir siempre de arriba hacia abajo, encarnada en un líder carismático que representaba la voluntad del pueblo alemán de forma directa, sin intermediarios institucionales.
Hitler comenzó a ser llamado Der Führer dentro del Partido Nazi a principios de los años veinte. Los propagandistas, con Joseph Goebbels a la cabeza, trabajaron sistemáticamente para construir el Führermythos: la imagen de Hitler como un ser providencial, casi mesiánico, enviado por el destino para salvar a Alemania de la humillación de Versalles.
La consolidación jurídica del título llegó el 2 de agosto de 1934, el mismo día de la muerte de Hindenburg. En pocas horas, Hitler fusionó los cargos de canciller y presidente y los soldados del ejército alemán prestaron juramento personal no a la Constitución sino a Adolf Hitler por su nombre. Este juramento personal creó una barrera psicológica poderosa para cualquier intento de resistencia interna.
El Führerprinzip se extendió a toda la estructura del Estado nazi. Cada nivel jerárquico del partido, del ejército y de la administración tenía su propio Führer local, que respondía únicamente al escalón superior y ejercía una autoridad absoluta sobre el inferior. Este sistema eliminaba cualquier posibilidad de deliberación colectiva.
Tras la derrota de Alemania en 1945, la palabra Führer quedó irremediablemente contaminada. La República Federal promulgó leyes que prohibían el uso de símbolos y denominaciones nazis, y aunque la palabra en sí no está formalmente prohibida, su uso en cualquier contexto político es socialmente inaceptable en Alemania y en la mayor parte de Europa.
