Rasputín: el monje misterioso que fascinó y aterrorizó a los Románov

Interior de palacio imperial ruso en la época de Rasputín

Grigori Yefimovich Rasputín nació en 1869 en Pokróvskoye, un pequeño pueblo de Siberia occidental. Hijo de campesinos, tuvo una educación rudimentaria pero desde joven mostró una personalidad extraordinaria: carismático, visionario y dotado de una energía y resistencia física fuera de lo común. En su juventud realizó una peregrinación al monasterio ortodoxo de Verjoturia que transformó su vida.

Llegó a San Petersburgo hacia 1903 y fue presentado en los círculos de la aristocracia rusa como un starets, un hombre de Dios con poderes especiales. Su aspecto era impactante: de estatura alta, ojos claros de mirada hipnótica, barba descuidada y modales directos que contrastaban con la ceremoniosa etiqueta de la corte.

El acceso a la familia imperial llegó en 1905. La zarina Alejandra buscaba desesperadamente ayuda para su hijo el zarevich Alexis, hemofílico severo cuyas crisis podían ser mortales. Rasputín logró aliviar varias veces las hemorragias del niño, posiblemente a través de técnicas de relajación e hipnosis. Desde ese momento, Alejandra creyó sinceramente que era un enviado de Dios.

Su influencia sobre la zarina se tradujo en poder político real, especialmente durante la Primera Guerra Mundial, cuando Nicolás II marchó al frente. Rasputín utilizó este acceso para interferir en el nombramiento de ministros y opinar sobre política exterior. La correspondencia entre Alejandra y Nicolás revela hasta qué punto la zarina transmitía las opiniones de Rasputín al zar como si fueran inspiraciones divinas.

Su vida privada era objeto de escándalo permanente. Los nobles petersburgueses lo acusaban de orgías y borracheras que contrastaban con su imagen pública de hombre santo. Parte de estas acusaciones eran exageradas, pero otras tenían fundamento en testimonios contemporáneos.

Su muerte, en diciembre de 1916, se convirtió en leyenda. Un grupo de nobles lo invitaron a casa del príncipe Félix Yusúpov y lo asesinaron. Los estudios modernos sugieren que murió por disparos. Su asesinato no salvó a la monarquía: apenas tres meses después estalló la Revolución de Febrero de 1917.

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