El heliocentrismo: cómo Copérnico quitó a la Tierra del centro del universo

Durante casi catorce siglos, el modelo del universo dominante en la civilización occidental fue el geocentrismo: la idea de que la Tierra estaba inmóvil en el centro del cosmos y que el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas giraban a su alrededor en esferas concéntricas perfectas. Este modelo, sistematizado por el astrónomo greco-egipcio Claudio Ptolomeo en el siglo II d.C. en su obra Almagesto, tenía el respaldo de la Iglesia Católica y de la filosofía aristotélica, y cualquier desafío a él era visto no solo como un error científico sino como una herejía.
El primer golpe sistemático al geocentrismo llegó en 1543, cuando el astrónomo polaco Nicolás Copérnico publicó De revolutionibus orbium coelestium en el mismo año de su muerte, lo que algunos historiadores interpretan como una precaución deliberada para evitar la persecución eclesiástica. En esta obra, Copérnico proponía que era el Sol, y no la Tierra, el que ocupaba el centro del sistema planetario, y que la Tierra giraba alrededor del Sol junto a los demás planetas. Este modelo heliocéntrico explicaba de forma más elegante ciertos movimientos aparentes de los planetas, especialmente el movimiento retrógrado de Marte y Júpiter, que el modelo ptolemaico solo podía explicar mediante complicados artificios matemáticos.
La defensa más arriesgada del heliocentrismo corrió a cargo de Galileo Galilei, quien en 1610, utilizando uno de los primeros telescopios astronómicos, descubrió cuatro lunas orbitando Júpiter, lo que demostraba que no todos los cuerpos celestes giraban alrededor de la Tierra. También observó las fases de Venus, incompatibles con el modelo geocéntrico, y los cráteres de la Luna, que contradecían la idea aristotélica de que los cuerpos celestes eran esferas perfectas e inmutables. En 1633, la Inquisición romana lo juzgó y condenó a arresto domiciliario perpetuo, obligándole a abjurar públicamente de sus creencias.
La síntesis matemática que dio al heliocentrismo una base física sólida llegó con Isaac Newton y su obra Principia Mathematica de 1687. Newton demostró que una única fuerza, la gravitación universal, gobernaba tanto la caída de los objetos en la Tierra como el movimiento de los planetas alrededor del Sol. Las leyes de Kepler, que habían descrito empíricamente las órbitas elípticas de los planetas, se convertían ahora en consecuencias matemáticas directas de la gravitación universal. El modelo heliocéntrico qa así plenamente justificado desde el punto de vista físico.
La Iglesia Católica retiró oficialmente las obras de Copérnico y Galileo del índice de libros prohibidos en 1835. En 1992, el papa Juan Pablo II reconoció formalmente que el juicio a Galileo había sido un error. Irónicamente, la astronomía moderna ha demostrado que ni siquiera el heliocentrismo es completamente correcto en su formulación original: el Sol no está en el centro del universo, sino en un brazo espiral de una galaxia periférica que a su vez forma parte de un universo sin centro definido. La lección de Copérnico, que la Tierra no ocupa ningún lugar especial en el cosmos, ha resultado ser incluso más radical de lo que él mismo imaginó.
